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Excelencia:
En la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio
Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro hace ya
16 años, el compañero Fidel Castro alertó de modo profético
que “una importante especie biológica está en riesgo de
desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus
condiciones naturales de vida: el hombre”. Los años le han
dado la razón.
Digámoslo claramente: no se podrá alcanzar el desarrollo
sostenible, no se detendrán ni se revertirán los negativos
impactos del cambio climático, no se asegurará la protección
del medio ambiente a las generaciones futuras, si prevalecen
los irracionales patrones de producción, distribución y
consumo impuestos por el capitalismo. La globalización del
neoliberalismo ha agravado dramáticamente la crisis.
La solución al desafío vital que hoy amenaza a la humanidad
no puede descansar en impedir el desarrollo a los que más lo
necesitan. Tenemos responsabilidades comunes, pero
diferenciadas. Los que han acaparado de modo injusto y
egoísta riquezas y tecnologías, los que son responsables del
76 por ciento de las emisiones de gases de efecto
invernadero acumuladas desde 1850, tienen que asumir el peso
principal en este esfuerzo.
Los países desarrollados deben honrar los compromisos
asumidos en Kyoto en materia de mitigación y, además,
movilizar recursos adicionales para asistir los esfuerzos de
adaptación en los países del Sur.
Si, por ejemplo, Estados Unidos reorientara hacia la
asistencia oficial para el desarrollo sostenible, una
pequeña parte de su presupuesto militar para el año fiscal
2008, que asciende a la astronómica cifra de 696 mil
millones de dólares, se podría realizar una contribución
esencial a este esfuerzo. Los países de la Unión Europea –
varios de los cuales califican entre los de más elevado
presupuesto militar en el planeta – podrían iniciar ese
camino e influir sobre su principal aliado para que actúe en
igual sentido.
Los precios de los alimentos son impagables para un número
creciente de países. El hambre sigue cobrando vidas y la
situación tiende a agravarse. La estrategia siniestra de
convertir los alimentos en combustibles, propuesta por el
Presidente de los Estados Unidos, debe ser combatida con la
fuerza de los argumentos científicos y la evidencia
incontrastable de los datos elocuentes de la vida real.
El desarrollo sostenible presupone una revolución en
nuestros valores y en el modo de enfrentar las desigualdades
del presente y los desafíos del futuro. Hay que emprender
una revolución energética global que se sustente en el
ahorro, la racionalidad y la eficiencia.
Cuba espera que los miembros de la Unión Europea asuman su
deber. Una conducta responsable de sus miembros serviría
de catalizador a la aceptación por el resto de los países
desarrollados del compromiso de reducir para el año 2020 sus
emisiones de gases de efecto invernadero, en no menos de un
40 por ciento respecto a sus niveles de 1990.
La Unión Europea, líder mundial en la producción de
tecnologías limpias y en la explotación de fuentes de
energía renovables, está en capacidad de crear un mecanismo
para la transferencia de las mismas, en condiciones
absolutamente preferenciales, hacia los países de América
Latina, el Caribe y el resto del Tercer Mundo.
Citaré sólo un ejemplo: la generosidad del pueblo y el
gobierno de la República Bolivariana de Venezuela, e
iniciativas como PETROCARIBE y el ALBA, establecen un
paradigma a ser imitado por la Unión Europea.
Es la hora de actuar, con espíritu solidario, y sin
demagogia.
Muchas gracias. |